La Fech, Nuestro Tugurio Politico
Artículo enviado en Octubre de 2008.
Pablo Ortúzar Madrid, Antropología
Cuando uno recorre el centro de la ciudad se topa con palacetes remanentes de la “belle epoque” chilena, comienzos del siglo XX. De amplios salones, enormes piezas y altos techos, estas edificaciones fueron alguna vez el orgullo de Santiago. Hoy se encuentran, la mayoría, en un estado ruinoso. Las razones son evidentes: ya nadie tiene tantos hijos, el barrio pasó de moda, es imposible calefaccionar espacios tan grandes y resulta impagable el contar con 4 o 5 trabajadores dedicados exclusivamente a mantener funcionando dichos elefantes blancos. Así, la mayoría o es utilizada como sede universitaria, convertida en tugurio o subdividida en infinidad de pequeños locales comerciales. Los que tienen menos suerte han sido derechamente demolidos luego de años de abandono.
Nuestra Federación de Estudiantes se encuentra en una situación similar: su pasado de influencia e importancia se ha esfumado y su diseño institucional, adecuado a estas ínfulas de grandeza, se ha convertido en un problema. Es una institución hipertrofiada que ha subdividido sus salones y piezas entre cientos de habitantes que poco y nada se conocen y cuyo único punto en común es la voluntad de usar espacio e invitar a la parentela política a avecindarse ahí mismo. En otras palabras, la FECH se ha convertido en un tugurio político.
Por esta misma razón resulta difícil saber cuál es la función de la federación. ¿Caja pagadora de los grupos políticos que la controlan? ¿Trampolín político con los resortes gastados? ¿Socio estratégico del anti-liberalismo? ¿Amiga con ventaja de cuanta organización del “mundo social” se encuentre en paro? ¿Central de administración de los réditos de las tomas pero no de sus costos? A ratos pareciera ser todo esto. El problema es saber qué tienen que ver la mayoría de los estudiantes con este tipo de actividades. La respuesta es obvia: nada.
Lo que ha ocurrido es que la FECH es un órgano tan sobrecargado de funciones que sólo administrarla para que se sostenga a si misma es todo un desafío. ¡No queda tiempo para preocuparse por cosas tan poco importantes como los estudiantes! Están muy ocupados inaugurando un monumento a Freire, administrando una toma de casa central que está por generar un petitorio en cualquier momento, postulando concejales de los partidos que controlan la FECH en otras comunas, editando el pasquín amigo de los encapuchados, solidarizando con la CONFLENAPS por el problema aquél, haciendo cursos de tap a unas viejitas simpáticas de la comuna amiga del presidente, en reuniones con el subsecretario de asuntos terrenales por el tema del tema nacional y luchando contra el liberalismo en todas sus formas- cada vez más creativas y difíciles de detectar-. Al mismo tiempo que deben opinar –porque a todo Chile le importa mucho la opinión de la federación- sobre el virus ISA, la revolución española y cómo les cae el presidente de la república. Ni la salud de los estudiantes ni la calidad de la educación impartida por nuestra casa de estudios están dentro de las prioridades. Mucho menos los problemas institucionales – bastante parecidos a los de la FECH- que ella misma sufre.
El problema es que esa cosa prosaica llamada “estudiantado” debe votar de vez en cuando para elegir a estos administradores de la maquinaria, por lo que una vez al año, y a veces más de una vez, se organizan eventos de proselitismo con el objetivo de convocar a estos extraños seres dedicados a completar carreras universitarias – lo que implica acciones poco conocidas por los dirigentes políticos, como estudiar-. Para esto se imprimen pancartas y afiches con consignas varias y se realizan actos públicos donde se promete amor y fidelidad eterna al estudiante de la Chile, quien, en última instancia, también se verá beneficiado cuando la FECH salve al país y al mundo, pero que hoy debe aguardar con ardiente paciencia y postergar sus problemas inmediatos en aras del mundo mejor que ya viene para todos, frente al cual pedir solucionar nuestras urgencias no es más que un acto de egoísmo (burgués, se le puede agregar, para que suene más bonito).
Así, con originales e inteligentes slogans como: “somos la izquierda de verdad”, “nosotros si que somos de izquierda”, “la nueva izquierda, aquí”, “autonomistas gremiales de izquierda”, “la izquierda de la izquierda” y “contra la falsa izquierda” o aludiendo a los “verdaderos problemas de la gente” pero regalando chapitas de Hugo Chávez en vez de detergentes, para que no los lleguen a confundir con Lavín, los residentes del tugurio se disputan las piezas que les tocará ocupar por todo el próximo año.
Otras veces se los llama a plebiscitos para “decidir” (esto ocurre cuando una fracción del tugurio se quiere imponer sobre el resto y convoca al perraje a ver si los valida). Entonces debemos enfrentarnos con votos diseñados al estilo de: “si usted se considera una persona moralmente correcta y cree que pegarle a las abuelitas es una maldad vote A (proyecto del presidente FECH); si usted está a favor de la tortura y ahoga gatos chicos en el río, vote B (discrepando con el maravilloso proyecto del presidente FECH)”.
Esos son los dos momentos donde el estudiante “participa”.
Frente a esta situación se puede hacer dos cosas (al igual que frente a la crisis de la Universidad): o esperar que el añejo palacete derruido se caiga cuando la opinión dela FECH valga menos que la opinión sobre física cuántica de un conductor de matinal o rediseñar su institucionalidad de modo de reducir sus funciones y orientarlas a los problemas urgentes de nuestra universidad en cuanto universidad, vistos desde la óptica del estudiantado. Abarcar menos, apretar más.
Esto obviamente exigiría deshacer el tugurio de la FECH y expulsar a varias de sus rémoras: auditar los gastos, realizar concursos públicos para funciones técnicas, autonomizar órganos informativos como la revista y darle mayor espacio a actividades dedicadas al esparcimiento y desarrollo intelectual de los estudiantes. En otras palabras, reducirle el botín a los grupos políticos y dejar más de él disponible a los estudiantes.
También exigirá a la FECH hacerse cargo de problemas como la excelencia académica de la Universidad, su diseño institucional y su transparencia administrativa, en vez de usufructuar descaradamente de la propia ruina organizacional de la casa de Bello.
Esta profunda revolución renovadora tendrá que nacer de un movimiento o grupo estudiantil organizado y con promesas claras y concretas en vez de eslóganes poco creativos y frases huecas. Del mismo modo, deberá interpelar a los habitantes de la FECH por hacerse responsables frente a la Universidad y sus estudiantes y autolimitar su propio poder y espacio.
Está claro que salvar nuestra alicaída Universidad pasa por una adaptación institucional a la actualidad de nuestro país, sin deshacernos de nuestra tradición y sello. Lo mismo pasa con la FECH. De lo contrario no quedará más que sentarnos a esperar una muerte indigna en silencio o que alguien compre el boliche y utilice lo poco que queda de su buen nombre para vender ilusiones vacías a los estudiantes.
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